Esta mañana no tiene porque caer en mi encima



Amanecer, no precisas hacer daño hoy.



Madrugan los días...

Y la luz se deja ver ensombrecida
a la hora en que las gentes no hacen otra cosa
que soñar sueños idénticos.

Dormidos, exhaustos todos.... ¡No!

¡Existes en tu gran universo noctambular!

En tu cubículo de parafina y lapso ininterrumpible, 

sagrado,

        absorto...

Y no me atrevo a ofrecerte compañía en tus viajes en vela,
vela de fuego y melancolía,
                            de tinta chorreante y texto sobrecogedor.

Como el sobrecogimiento de tu lejanía...

Y ya en tu hora macabra de desfallecer
como vampiresa asustada,
traspuesta por las copas que la noche ha regalado
en imágenes, en textos aleatorios...

Ya en esa intersección que te llevará 
a reposar la conciencia,
que embalsamará nuevamente lo elucubrado en el misterio...

Ahí me atrevo a aparecer, 
en ese instante indefinible emerjo con voz torpe,
falsa lucidez de mi discurso, brillante decadencia de tus últimos coletazos,
           que son la cruz de este día.

De este día que ha nacido con tu muerte.

Con tu alma en un cofre.

Con tu última conexión eléctrica.

Y con un sol gris y doliente.

Al despertar ya del letargo de la exhumación
regresará nuevamente el enigma que te rodea,

y que carcome oxidando la coherencia.

Así como carcome el alma la distancia.


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